"Casi feliz": una serie divertida y profundamente palermitana

Nadie se plantea, frente a una comedia liviana qué es lo que perdemos ante esa pantalla. Pero es interesante pensarlo. Y la pérdida no viene por el lado del “tiempo”: bien vale emplearlo en entretenerse y aliviar los golpazos que la realidad de nuestro país nos propina a cada rato. Pero sí cabe la reflexión en torno a nuestra identidad nacional.


Parece un exceso proponer esta discusión para hablar de “Casi feliz”, la comedia escrita y protagonizada por Sebastián Wainraich (en sociedad con Hernán Guerschuny) que acaba de estrenar su segunda temporada en Netflix. Parece un exceso: pero no; y vamos a explicarlo.



En este segundo envío, la serie de ocho capítulos se vuelve un poco más errática sobre los móviles que tiene el personaje (Sebastián). Ya no es sufrir la pérdida de su pareja (Natalie Pérez) cuando aún está enamorado, sino que son varios los frentes: recuperar a su ex y su familia, desarrollar como puede una vida sexual y restaurar la relación con su hermano (Peto Menahen). Y, aunque abre varios hilos de conflicto con los personajes secundarios, el envío sigue funcionando con la amabilidad que en su temporada anterior.


La dupla Wainraich-Guerschuny conoce perfectamente el pulso narrativo que le permite desplegar ese microuniverso porteño-palermitano en el que viven algunas personas de CABA, y que tiene prácticas culturales hermanadas con aquellas de “otras grandes capitales globales”: gente de acomodado vivir, que curte deliverys y bares cool, que se viste sin género, que viaja al exterior como si fuese la extensión de su casa: el consumo, la moda-fin-de-milenio y sus hábitos.


En ese entorno se mueve y padece de fobias, angustias y traspiés existenciales este exitoso conductor de radio (que en el aire solo habla de él y al mismo tiempo de nada) y gana más que una pediatra.



La serie funciona. Y muy bien, a pesar de algunos lugares comunes y situaciones obvias. Los guiones son certeros para crear este universo exclusivo, las actuaciones responden perfectamente al imaginario de esos argentinos específicos (que han sabido instalar su impronta en comunidades de otras provincias grandes del país, como la nuestra), la dirección de Hernán Guerschuny le da a cada envío esa pregnancia audiovisual necesaria para que todo fluya y divierta amablemente.


Pero volvamos, para pensar en “Casi feliz” como un ejemplo preocupante desde lo audiovisual respecto a la construcción cultural e identitaria de época en nuestro país. Valen las preguntas: ¿cómo puede alguien de Santa Rosa, Lavalle o la misma capital mendocina sentirse identificado con este personaje y su vida? ¿Y en Neuquén, Salta, Jujuy o La Rioja: pueden?


No es un problema de “Casi feliz”, por supuesto, responder a estos requerimientos de una construcción identitaria que nos involucre a todos. No es su norte, ni su objetivo como producto audiovisual sino más bien todo lo contrario: busca construirse como una comedia de situaciones que pueda ser trendig topic en el streaming de Netflix, donde todo se homogeiniza e iguala para que estemos dispuestos al consumo en cualquier lugar que vivamos.


Pero nos interesa llamar la atención sobre hasta qué punto está rota, trizada, fragmentada nuestra identidad cultural. Está extremadamente alejada de quienes somos en el país total (¿quiénes somos?), en eso que llamamos “identidad nacional”. Tan alienada que ya no nos miramos en el espejo del tango y el obelisco para sentirnos “argentinos” contemporáneos, sino que circunscribimos ese reflejo deseable del “ser nacional” a Palermo Hollywood como el epicientro.


“Casi feliz” no es el epítome de esta deformidad sino su síntoma. Aquí nos tomamos la licencia de utilizarla como excusa para esta reflexión.

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