“El ferrocarril subterráneo” de Barry Jenkins: unas vías que llevan al infierno

En el universo de las series hay miles de estrenos semanales, pero pocos que merecen el crédito y el repaso analítico. Así como pusimos el ojo en “Halston” de Netflix, ahora lo hacemos en “El ferrocarril subterráneo” (The underground railroad) de Amazon Prime. Y en verdad la profundidad, la calidad y el acierto de esta transposición de la literatura a la televisión le ganan con creces a los lujos visuales de “Halston”.


Con el nombre de Brad Pitt entre uno de sus productores, “El ferrocarril subterráneo” es una miniserie que resulta de la relectura que Barry Jenkins (el mismo de la ganadora del Oscar “Luz de luna”) hiciera de una novela homónima y celebradísima de Colson Whitehead; tan aplaudida ha sido esta obra literaria que su autor recibió el Pulitzer en 2017 en la sección Obras de ficción y el National Book Award.



La historia es una cruza de fantasía y realismo histórico que se conjugan en dosis muy inquietantes, narradas por Jenkins (en el guion y en el montaje) de una manera extraordinaria, arriesgada, originalísima y sin un solo cliché aunque aborda todos los tipos de tormentos que implican la esclavitud y la vejación del racismo.


En la historia real de la época esclavista en Estados Unidos, existían unos túneles secretos por los que los afroamericanos podían escapar hacia Canadá o algunos Estados donde rigiesen la abolición. Siempre era incierto y peligroso, por supuesto. Pero ante la desesperación: medidas extremas.


En la trama de la novela de Colston, y en la transposición que hace Jenkins a la televisión con esta miniserie, esa sucesión de túneles se vuelven vía de ferrocarril que atraviesa todo Estados Unidos. O, mejor dicho, que lleva a escenarios geográficos donde los esclavos sufren muy distintas suertes. Eso sí: escapar del horror es imposible.



Durante toda la miniserie seguiremos los destinos de varios afroamericanos que corren distinta suerte. El nexo común entre todos ellos es Cora (Thuso Mbedu), una jovencita que trabaja en los campos de algodón de Georgia y escapa en este tren hacia destinos mejores. Pero no solo no los encontrará sino que, capítulo a capítulo, será objeto de las mil y una maneras en que el racismo se expresa, castiga, tortura y mata.


En un tiempo en el que los extremismos azotan al mundo (el odio al inmigrante, el odio al color de piel, el odio al género, el odio al que piensa distinto) esta miniserie viene a hacer un aporte trascendente desde la perspectiva audiovisual porque no reproduce la lógica discursiva de los seriados televisivos sino que toma el tema, lo disecciona frente a nuestra mirada y nos interpela sin piedad.



No creamos que este es un asunto de “negros y blancos”. Aquí todos estamos convidados a repasar la historia de un país en particular -pero que puede aplicar a cualquier geografía- y horrorizarnos por la deshumanización que nos atraviesa.


La joven y estupenda actriz Thuso Mbedu no está sola en este tránsito repleto de cualidades narrativas, visuales, fotográficas, sonoras e interpretativas. Ahí está Joel Edgerton para plantar el personaje blanco -que es un rol social más que un sujeto específico- para mostrar la contracara del conflicto. Pero hay, en cada capítulo, participaciones estupendas como la de Lily Rabe (en los episodios 5 y 6 de Tennessee).


“El ferrocarril subterráneo” es más que una miniserie. Se linkea con grandeza con otras producciones sobre racismo en el cine y la tv, como la mítica “Raíces”, “Them” (actualmente en Netflix) y hasta “Django unchained” de Tarantino.


Es que la construcción narrativa de este producto se sale de la norma, se arriesga a la incerteza y gana en originalidad y buenas armas. Va de menos a más en un viaje que nos lleva hacia las asfixiantes profundidades.



El arranque es con Cora, esclava en los campos de algodón y asediada de formas indecibles por la familia de la cual ella es propiedad: los Randall. Ella es insumisa y decide emprender el viaje que dará pie a toda la serie.

“El ferrocarril subterráneo” nos invita a mirar al pasado para que no repitamos lo que a todas luces estamos repitiendo: la intolerancia extrema hacia todo el que no es como nosotros deseamos.


Pero también es un producto televisivo único, extraordinario, que no termina en el visionado sino que se nos impregna en la carne como los látigos de esos blancos crueles en los cuales es imposible no verse reflejado aunque sea en un mínimo destello.


No la consumas como en maratón porque cada capítulo, de una factura técnica y poética única y personalísima, requiere de la maduración y el tiempo en suspenso.