La "lista" que mató al disco en el oído del público

El panorama global de las industrias culturales está sufriendo aceleradísimos cambios. Decirlo es una verdad de perogrullo, pero analizar el rumbo de esos virajes ya no lo es tanto.


Es que la industria musical -como las otras- inició a principios de este milenio un quiebre de paradigma que la ha reenfocado hacia otros territorios de la producción y creación artística.




En el terreno de la música el escenario, de abosluto desconcierto aún, ha dinamitado conceptos que eran pilares de la producción industrial y artística: todos ellos asentados en el disco como obra conceptual acabada y completa; más allá de que fuera de pasta, de vinilo o cd.


Estos sismas conceptuales se produjeron principalmente -entre otras complejas operaciones culturales- por la inserción de la tecnología en las prácticas de consumo: las audiencias, fragmentadas a unidades con un dispositivo por mano, han abandonado al disco como idea de la obra artística; algo que forzó a los cradores a buscar alternativas diferentes, diversas y deformes de consagrar el encuentro entre sus producciones y el público.


Esta orquesta de nuevas prácticas y su repertorio, los videoclips que reemplazan a la canción, la grabación de EP's y incluso de temas individuales en las plataformas digitales son algunas de esas expresiones.



Cabe preguntarse ¿es que ahora los artistas no pueden compartir una obra acabada sino algo en permanente proceso de creación?, ¿cómo construir paradigmas éticos y estéticos en el arte si todo está rehaciéndose, reformulándose de forma constante?


El asunto del consumo en la industria musical se convirtió en un circuito que, como pacman, va deglutiendo cualquier intento de creación artística tal y como hasta hoy se la concebía: para las nuevas generaciones ya no existe la "obra total", sino canciones que se escuchan en listas prediseñadas y armadas por algoritmos -o usuarios- según un criterio arbitrario y de marketing; totalmente alejado al de la colección que supone el álbum de donde extraen las canciones.


El disco es, para los artistas que buscan materializar un momento creativo específico, un cuerpo conceptual dispuesto en un orden, con una duración determinada, una producción artística global, y un arte de tapa que redondea el total.



Pero quienes escuchan ya no lo hacen como práctica exclusiva o en aparatos que les permitan acceder a esa "idea" que dejó registrada el artista en el disco: la famosa compresión del sonido para que viaje por otros soportes anula las sutilezas y capas sonoras que supone esa producción. Además, ese sonido está descontextualizado, suelto, y nadando en el mar de sobreinformación que son las plataformas.


Tal vez el oyente no conoce ni siquiera al autor, pues la playlist se llama "música para soñar" y en ella cabe: ¡el mundo! y a la vez -desde la perspectiva artística, nada-. Vaya quiebre de la descolección artística que ha traido esta híper globalización mediática.


Aunque aún no existe la respuesta, sí podemos afirmar que mientras el algoritmo del streaming decida, la batalla cultural será arena estéril.



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